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24-06-2017

A los 68, no soy la mujer tan atractiva que fui. Pero vivo con intensidad: el hoy me importa más que el futuro

"Madurescencia". Así se llaman los cambios de expectativas y de ilusiones vinculados a la tercera edad. Aquí un testimonio que evita lo políticamente correcto y prefiere una honestidad sin reparos.

Cristina Tabachnik Pensaba que la vejez -llamémosla así aunque yo esté muy bien- nunca iba a encontrarme. Como si fuera algo que uno sabe que sucede pero no que le sucede. Ahora me faltan menos de dos años para cumplir 70 y me doy cuenta que está aquí, cerca. Retrocedo en el tiempo para contar cómo llegué hasta acá. Tengo la dualidad marcada en los genes. Nací en 1949 de un vientre católico y un espermatozoide judío. Nací en Buenos Aires, en el barrio de La Paternal. Viví ahí hasta los 11 años mientras mis padres se llevaban tan mal que tuve que presenciar escenas traumáticas de violencia que me acompañarían desde entonces. Un verano fuimos a veranear a Córdoba, mis padres tuvieron la última gran discusión y no volví a la casa de Buenos Aires ni a buscar mis juguetes. A los 11 años nos fuimos con mi mamá a Venado Tuerto, una ciudad al sur de la provincia de Santa Fe, a la casa de mis abuelos maternos. Mirá también El mal uso de la palabra abuelo Podría seguir mi biografía familiar pero en realidad mi vida se define por la danza. Bailo desde los cuatro años, empecé con baile español y clásico. En Venado Tuerto me enseñaron a bailar folklore. Después seguí bailando todos los estilos. Terminé la primaria, comencé el secundario y a mis 15 años mi mamá decidió volver a Buenos Aires. Me recibí de maestra con medalla de oro. Seguí bailando. Empecé a dar clases de baile. Me inscribí en la Facultad de Derecho. Siempre continué con la danza, bailando, haciendo seminarios y cursos. En la facultad conocí a mi futuro ex marido (parafraseando a Dalmiro Sáenz). Me casé. De esa unión nació nuestra hija Nuria, en 1975. A los pocos años me separé. Fui estudiante abnegada, prolija, primero abogada, después psicóloga social. La danza, mientras tanto, mantuvo mi vida y mi salud. Ahora tengo 68 años. Mi hija tiene 42, se la ve bárbara y me dice “¡Ay mamá, estoy mayor!”. La miro desde mi edad y no sé cómo explicarle que está atravesando la mejor etapa de una mujer. Yo era hermosa. Hoy me despierto a la mañana, me veo con arrugas, ojeras... veo un cuerpo que envejece. El espejo no me devuelve la mujer que fui. Pero pienso que si me arrugo por algo es así. ¿Para qué vamos a luchar contra eso? Busquemos otras luchas posibles. Tengo que aceptar mi nuevo cuerpo y mi nuevo rol. No soy más esa, soy esta y gracias a Dios que transcurrí hasta esta edad así. Soy feliz por mi vida y mi salud, pero también me genera tristeza saber que no soy esa mujer que se ve en la foto de décadas atrás. Hasta hace 20 años todavía me sentía muy linda y muy seductora. Empecé a estudiar yoga porque siempre me había gustado dar clases a adultos mayores. Continué para ser instructora y así enseñar a otros, no para mí, yo no era “vieja”. Daba clases a alumnas de la tercera edad, de un promedio de 65 años. Entonces de pronto golpean a mi puerta y yo también cumplo 68. Sigo dando clases de yoga y baile, mi vida seguirá siendo, mientras pueda, pierna en la barra, gente que baila. Tener hoy casi 70 años es una experiencia diferente a otras épocas. Estoy jubilada y sigo en actividad, soy abuela y no dejé de bailar, me arrugo sin cirugías y tengo una pareja algunos años menor. A los 68, no soy la mujer tan atractiva que fui. Pero vivo con intensidad: el hoy me importa más que el futuro ¿Qué hacemos a estas edades? Puedo contar lo que hago en mis grupos de baile. Siempre les digo a las alumnas “es importante envejecer con dignidad”. Doy clases de movimiento incluso hasta a gente que está en la cama. Tengo un alumno de 88 años que no puede casi levantarse pero si un día logra mover algo la cabeza ya nos quedamos contentos. La expectativa de vida es mucho mayor hoy que en otros tiempos y tenemos que ver cómo nos adaptamos a esto. Tengo un grupo de señoras, abuelas, que hacemos bailes de distintos estilos. Nos reímos de los olvidos y tratamos de envejecer con alegría. Por supuesto, tenemos nuestro chat. Ser abuela en el siglo XXI también es una experiencia diferente. Tengo dos nietos hermosos pero si tengo que dar una clase no dejo de darla. No sé si somos peores abuelas. No soy de ésas que viven para los nietos. Aprendí que no hay que aferrarse ni a ellos ni a los hijos. Para estar con un nieto pensando que querés estar haciendo otra cosa, como dar una clase, mejor no estar. Me encanta verlos pero no cuentan conmigo incondicionalmente porque también tengo una vida. Uno envejece desde que nace. Pero el corte radical, el gran cambio de la mujer -al menos para mí-, es la menopausia. ¿Qué te trae todo esto? Te secás toda, se te secan los ojos, te tenés que operar de las cataratas y ni el pelo ya es el mismo. Empiezan las contracturas, empieza a haber artrosis en la columna, artrosis en las rodillas, bajás tres centímetros. Hagas lo que hagas. Porque yo hice “todo lo correcto”, hago el saludo al sol varias veces al día, soy una persona sana. Pero tu cuerpo toma otra forma. Aunque atiendas al músculo, la piel irremediablemente se cae. Se cae. Todo se cae. Frente a todo esto que siento negativo, muchas veces me pregunto ¿qué tenemos que elaborar para sentirnos bien? Lo pregunto, además, desde el mundo del baile donde el narcisismo está muy presente y estos cambios enojan. Por eso duele tanto cuando, hagas lo que hagas, la tonicidad muscular te abandona, cuando a pesar de la buena postura la densitometría te indica que tu cuerpo se está haciendo cada vez más pequeño. La competencia regla varios aspectos de la danza: quién pone la pierna más alta, quién puede abrirlas más, ¿hasta dónde? Como en el fútbol y tantos deportes, el cuerpo y la competencia son protagonistas, y de golpe el cuerpo que tuvimos no está más y vos quedás afuera de toda competencia. Y sin embargo, no extraño mi vida de los veinte. Sufro menos ahora. Estoy más equilibrada. A la edad de 30 o 40 te sacás los novios, los maridos, querés seducir, es la época de las pasiones. Todo lo que uno quiere hacer está en primer lugar. Por ejemplo, yo la dejaba a mi hija por clases de danza una y otra vez. Por eso ahora disfruto tanto la solidaridad de la gente de 70. Una vez una alumna se enfermó y estaba sola. Se armaron redes para llevarle las compras. Mis clases se transforman en redes de solidaridad. A tal no la veo bien, qué le pasa, problemas de los hijos, de los nietos, de taquicardia, una hipertensión. En la adolescencia sufrimos porque pasamos de todo en ese momento terrible donde te planteás qué vas a hacer en el futuro. En la “madurescencia” aparece otra crisis, pero ya no tenés tiempo de replantearte qué vas a hacer en el futuro. Tenés que ser hoy, ahora. Inspiro, exhalo, ese momento fue el presente y no hay nada más. Ese momento hay que vivirlo con intensidad. Entonces sí existe la brevedad. Ahora o nunca. No sabés cuánto tiempo vas a poder caminar y todas las cosas que te pueden pasar. ¿A qué tenemos que dedicarle tiempo? A seguir creciendo intelectualmente, a mantenernos físicamente con creatividad, trabajar el equilibrio interno y externo. A buscar sentirse contenta con lo que uno es y, sobre todo, con lo que uno puede ser. Reconozco que hablo de tareas difíciles. En Oriente la vejez es venerada y de aquella cultura tenemos mucho que aprender. En nuestra sociedad cuando sos vieja te sugieren de una u otra manera que no servís para nada. Pocos te escuchan. Podemos poner la novela Diario de la guerra del cerdo, de Adolfo Bioy Casares, como ejemplo cultural. Es ficción pero refleja algo de nuestra sociedad donde no se valora al viejo. Es necesario comprender y demostrar que uno sí va adquiriendo sabiduría, que los años de experiencia nos ayudan a crecer en todo sentido. A veces pienso: ¿Cuánto tiempo invertí, cuánta energía en conquistar y seducir? Cuando era joven pensaba que si era deseada o dos hombres tenían el mismo objeto codiciado y competían por mí, mi autoestima era infinita. Luego descubrí que competían entre ellos y que solo era el objeto de disputa, tan solo un objeto. Cerca de los 70 las pasiones ya pasaron y dejan la mente un poco más tranquila. En la pareja, por ejemplo, antes me enojaba por muchas cosas. Hoy hay muchas situaciones que dejo pasar. No tengo apuro por nada. Estoy tratando de mantenerme y evolucionar a mi manera. ¿Por qué digo que siento una evolución? Con los años entendí que puedo disfrutar del paisaje, del oxígeno, y que no tengo apuro en llegar a ningún lado. Porque cuando nació mi hija me enojé con la cicatriz que me dejó la cesárea pero hoy sé que ella fue mi mejor coreografía. Porque antes decía “soy intelectual, bailo, soy hermosa” y no entendía por qué la gente buscaba más, buscaba trascendencia. Ahora pienso que lo mejor de la vida son los hijos, ese amor ese que uno siente, ese amor que es de ida, el amor más incondicional que hay. Ya lo dice el refrán: “Una madre puede criar diez hijos pero diez hijos no pueden cuidar a una madre”. No hay que esperar nada a cambio, de nadie. Eso es lo que me enseñó la experiencia. El amor también es más equilibrado a esta edad. Demando menos que antes. Eso no quiere decir amar menos, amo más maduramente. Lo que no hubiera soportado ni un minuto de un hombre hace tiempo, hoy a mi novio se lo perdono. La sexualidad también está presente aunque ya no es la pasión. Uno vive la sexualidad con amor, creando los climas que hay que crear. Entre mis alumnas hay una con el marido que necesita oxígeno, la otra que el marido se le fue un día, otra enviudó... y extrañan la sexualidad. A los 40 es pasión pero a los 70 no hay que olvidarla. La sexualidad con un cuerpo diferente no tiene por qué cambiar. Tengo celulitis y todas esas cosas pero no tengo vergüenza. También sé que cerca de los 70 años mi futuro es incierto. Me puedo proyectar hacia los 80 y no me preocupa. Del futuro lo que me vuelve loca es pensar en mis nietos y la salida de la adolescencia; ya estoy sufriendo para cuando vayan a la matiné, los problemas de las drogas. Eso me da muchísimo miedo, esté o no esté yo. Termino esta pequeña introspección a mi vejez con la pregunta central sobre el momento que estoy viviendo: ¿Cómo hago para envejecer con dignidad? Siempre digo “acomodar, enderezar la columna mientras podamos”. La actividad nos mantiene la mente alerta pero la sociabilidad es fundamental en este tiempo. Hoy las mujeres están solas por muchos motivos, decisión, divorcio, viudez. Pero si alguna vez a los 30 o 40 competíamos, a esta edad se arman cadenas de favores. Las mujeres de 70 nos solidarizamos, no solo en la mente sino en la acción. Mis alumnas se cuentan sus historias. Sabemos estar solas más que los hombres porque compartimos mejor, hay una escucha distinta. La dignidad hay que buscarla siempre, tenga uno la edad que tenga. Llegando al final me pregunto qué le diría a las diferentes mujeres que yo fui. A la nena Cristina le pediría: “Que no tenga tanto miedo de las cosas que ha presenciado y que la marcarán de por vida”. A la adolescente: “Que sufra menos todo, los cambios hormonales, el maltrato social, que se pare más sobre sus pies y enfrente el mundo en vez de bajar la cabeza”. A la Cristina adulta: “Que se cuide más, que elija a quién va a mirar y a quién le va a dar la espalda”. Pero, pensándolo bien, no les puedo decir nada porque si no hubiera transitado todo lo que viví no sería la mujer que encuentra la vejez así, de esta manera que hoy les conté.

Fuente: Clar+in. Viva. Foto: Gerardo Dell’Oro


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