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Qué es el cambio climático?
Participación argentina en la Onceava Cumbre sobre Cambio Climático de Naciones Unidas
Introducción
Problema 1
Problema 2
Problema 3
Problema 4
Problema 5
Conclusiones
   
 

El Gran Problema

Los científicos estiman que es real el peligro de que
el clima cambie rápida y espectacularmente
en los decenios y siglos venideros.
¿Podremos controlar esta situación?

Hace alrededor de 65 millones de años un asteroide gigante entró en colisión con la Tierra. Cataplum! Según las estimaciones científicas, el choque arrojó tanto polvo a la atmósfera que dejó al mundo en tinieblas durante tres años. La luz solar se redujo en gran medida, impidiendo el crecimiento de numerosas plantas, las temperaturas descendieron, la cadena alimenticia se rompió y muchas especies desaparecieron, incluida la mayor que existiera sobre la faz de la Tierra.

Tal es, cuando menos, una teoría dominante que explica la extinción de los dinosaurios; incluso aquellos que no fueron alcanzados directamente por el asteroide, sucumbieron a la postre.

La catástrofe que dio cuenta de los dinosaurios es sólo una ilustración -si bien dramática- de cómo el cambio climático puede fomentar el desarrollo de una especie o liquidarla.

Según otra teoría, los seres humanos evolucionaron cuando las temperaturas mundiales descendieron considerablemente y las precipitaciones disminuyeron hace unos seis millones de años. Los primates superiores parecidos a los simios del Great Rift Valley en Africa solían refugiarse en los árboles, pero como consecuencia de esta variación climática de larga duración, los bosques fueron reemplazados por praderas. Los "simios" se encontraron en una planicie vacía mucho más fría y seca que su medio anterior y sumamente vulnerables ante los predadores.

La desaparición total era una posibilidad concreta y los primates aparentemente se adaptaron con dos saltos evolutivos: primero adoptaron la postura erecta, que les permitió recorrer largas distancias a pie, con las manos libres para transportar hijos y alimentos; y luego sus cerebros se volvieron mucho más voluminosos, aprendieron a manejar instrumentos y se convirtieron en omnívoros (consumidores de carne y verduras). Generalmente se considera a este segundo ser con un cerebro más desarrollado, como el primer humano.

A partir de entonces, las variaciones climáticas han modelado el destino de la humanidad, y el ser humano ha reaccionado en gran medida adaptándose, emigrando y desarrollando su inteligencia. Durante las últimas glaciaciones, los niveles de los océanos descendieron y los seres humanos se desplazaron a través de puentes continentales desde el Asia hacia las Américas y las islas del Pacífico. Desde entonces se han registrado numerosas migraciones, innovaciones y también catástrofes. Algunas de estas han tenido su origen en pequeñas fluctuaciones climáticas, con unos pocos decenios o siglos de temperaturas levemente superiores o inferiores a la media, o sequías prolongadas. La más conocida es la Pequeña Era Glaciar, registrada en Europa a comienzos de la Edad Media que provocó hambrunas, insurrecciones y el abandono de las colonias septentrionales en Islandia y Groenlandia. El hombre ha soportado durante milenios los caprichos climáticos, recurriendo a su ingenio para adaptarse, incapaz de influir en fenómenos de tal magnitud.

Eso era hasta ahora. Paradójicamente, el éxito notable que hemos logrado como especie bien puede habernos llevado a un callejón sin salida. El crecimiento demográfico ha alcanzado un punto tal que haría muy difícil una migración en gran escala en caso de que un cambio climático de grandes proporciones la hiciera necesaria y los productos de nuestra inteligencia (industrias, transportes, etc.) han conducido a una situación desconocida en el pasado. Anteriormente el clima mundial hacía cambiar a los seres humanos; ahora parece que estos últimos están cambiando el clima. Los resultados todavía son inciertos, pero si las predicciones actuales se confirman, el cambio climático que tendrá lugar en el próximo siglo será de una amplitud sin precedentes desde los albores de la civilización humana.

El principal cambio que se ha registrado hasta la fecha ha sido en la atmósfera terrestre. El asteroide gigante que terminó con los dinosaurios arrojó grandes nubes de polvo en el aire, pero nosotros estamos causando fenómenos de dimensiones similares, aunque en forma más sutil. Hemos provocado, y continuamos haciéndolo, un cambio en el equilibrio de los gases que componen la atmósfera, y ello es particularmente cierto con relación a los "gases de efecto invernadero" principales, como el dióxido de carbono (CO2), el metano (CH4) y el óxido nitroso (N2O). (A pesar de que el vapor de agua es el gas termoactivo más importante, las actividades del hombre no lo afectan directamente). Estos gases, que se encuentran normalmente presentes en la atmósfera, representan menos de una décima parte del 1 por ciento de la atmósfera total, compuesta principalmente de oxígeno (21 por ciento) y nitrógeno (78 por ciento), pero son vitales porque actúan como una manta natural alrededor de la Tierra, sin la cual la superficie de nuestro planeta sería cerca de 30°C más fría que en la actualidad.

El problema estriba en que la actividad del hombre está "espesando" la manta. Por ejemplo, cuando quemamos carbón, petróleo y gas natural, liberamos cuantiosos volúmenes de dióxido de carbono en el aire, al igual que cuando destruimos los bosques, dejamos escapar a la atmósfera el carbono almacenado en los árboles. Otras actividades esenciales, como la cría de ganado y el cultivo de arroz, también emiten metano, óxido nitroso y otros gases de efecto invernadero. Si las emanaciones continúan aumentando al ritmo actual, es casi seguro que en el siglo XXI los niveles de dióxido de carbono en la atmósfera duplicarán los registros preindustriales y si no se toman medidas para frenar dichas emisiones, es muy probable que los índices se triplicarán para el año 2100.

De acuerdo con el consenso científico, el resultado más directo podría ser un "calentamiento de la atmósfera mundial" del orden de 1 a 3,5°C durante los próximos 100 años. A esto se debe sumar un manifiesto incremento de temperatura de un 0,5°C desde el período preindustrial anterior a 1850, parte del cual sería producto de emisiones anteriores de gases de efecto invernadero.

Es difícil pronosticar en qué medida esta situación podría afectarnos, dado que el clima mundial es un sistema sumamente complejo. Si se alterara un aspecto clave como la temperatura media global, las ramificaciones tendrían un largo alcance. Los efectos inciertos se adicionan: por ejemplo, podría cambiar el régimen de vientos y lluvias que ha prevalecido durante cientos y miles de años y del cual depende la vida de millones de personas; podría subir el nivel de los mares y amenazar islas y zonas costeras bajas. En un mundo cada vez más poblado y sometido a mayores tensiones, que ya tiene suficientes problemas por resolver, esas presiones adicionales podrían conducir directamente a nuevas hambrunas y otras catástrofes.

Al tiempo que los científicos se esfuerzan por comprender con mayor precisión los efectos de las emisiones de gases termoactivos, la comunidad internacional se ha unido recientemente para hacer frente a este problema.

Respuesta de la Convención
Reconoce que el problema existe. Este es un avance significativo. No es tarea fácil que las diferentes naciones del mundo se pongan de acuerdo para adoptar un plan de acción común, en particular uno que trate un problema cuyas consecuencias son inciertas y que tendrá mayor importancia para el destino de nuestros nietos que para nuestra generación. Aun así, en poco más de dos años, 165 Estados negociaron y firmaron la Convención y actualmente más de 140 países que ya la han ratificado se hallan jurídicamente vinculados en virtud de la misma. El tratado entró en vigor el 21 de marzo de 1994.

Establece un "objetivo final" de estabilizar "la concentración de gases de efecto invernadero en la atmósfera a niveles que impidan interferencias antropogénicas (de origen humano) peligrosas en el sistema climático". El objetivo no especifica cuáles deberían ser esos niveles de concentración; sólo estipula que no deben ser peligrosos. Se reconoce así que actualmente no existe una certeza científica acerca de los índices que podrían catalogarse de peligrosos. Los investigadores piensan que llevará otra década (y la próxima generación de supercomputadoras) el reducir las incertidumbres actuales o gran número de ellas) en forma apreciable. De ahí que el objetivo de la Convención mantenga su validez independientemente de la evolución de la ciencia.

Indica que "ese nivel debería lograrse en un plazo suficiente para permitir que los ecosistemas se adapten naturalmente al cambio climático, asegurar que la producción de alimentos no, se vea amenazada y permitir que el desarrollo económico prosiga de manera sostenible". Ello realza la preocupación principal respecto a la producción alimentaria -probablemente la actividad humana más dependiente del clima- y al desarrollo económico. Sugiere asimismo (cosa que comparte la mayoría de los climatólogos) que un cierto cambio es inevitable y es necesario tomar medidas de adaptación y prevención.

A su vez ello da lugar a diversas interpretaciones a la luz de los descubrimientos científicos así como de las concesiones recíprocas y los riesgos que la comunidad internacional está dispuesta a aceptar.

 

 



Fuente: Guía elemental de la Convención Marco de las Naciones Unidas
por la Oficina de Información sobre el Cambio Climático
Secretaría de Ambiente y Desarrollo Sustentable
http://www.medioambiente.gov.ar/faq/cambio_climatico/default.htm

 
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