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El Gran Problema
Los científicos estiman
que es real el peligro de que
el clima cambie rápida y espectacularmente
en los decenios y siglos venideros.
¿Podremos controlar esta situación?
Hace alrededor de 65 millones de años
un asteroide gigante entró en colisión con la Tierra. Cataplum!
Según las estimaciones científicas, el choque arrojó tanto
polvo a la atmósfera que dejó al mundo en tinieblas durante
tres años. La luz solar se redujo en gran medida, impidiendo
el crecimiento de numerosas plantas, las temperaturas descendieron,
la cadena alimenticia se rompió y muchas especies desaparecieron,
incluida la mayor que existiera sobre la faz de la Tierra.
Tal es, cuando menos, una teoría dominante
que explica la extinción de los dinosaurios; incluso aquellos
que no fueron alcanzados directamente por el asteroide,
sucumbieron a la postre.
La catástrofe que dio cuenta de los
dinosaurios es sólo una ilustración -si bien dramática-
de cómo el cambio climático puede fomentar el desarrollo
de una especie o liquidarla.
Según otra teoría, los seres humanos
evolucionaron cuando las temperaturas mundiales descendieron
considerablemente y las precipitaciones disminuyeron hace
unos seis millones de años. Los primates superiores parecidos
a los simios del Great Rift Valley en Africa solían refugiarse
en los árboles, pero como consecuencia de esta variación
climática de larga duración, los bosques fueron reemplazados
por praderas. Los "simios" se encontraron en una planicie
vacía mucho más fría y seca que su medio anterior y sumamente
vulnerables ante los predadores.
La desaparición total era una posibilidad
concreta y los primates aparentemente se adaptaron con dos
saltos evolutivos: primero adoptaron la postura erecta,
que les permitió recorrer largas distancias a pie, con las
manos libres para transportar hijos y alimentos; y luego
sus cerebros se volvieron mucho más voluminosos, aprendieron
a manejar instrumentos y se convirtieron en omnívoros (consumidores
de carne y verduras). Generalmente se considera a este segundo
ser con un cerebro más desarrollado, como el primer humano.
A partir de entonces, las variaciones
climáticas han modelado el destino de la humanidad, y el
ser humano ha reaccionado en gran medida adaptándose, emigrando
y desarrollando su inteligencia. Durante las últimas glaciaciones,
los niveles de los océanos descendieron y los seres humanos
se desplazaron a través de puentes continentales desde el
Asia hacia las Américas y las islas del Pacífico. Desde
entonces se han registrado numerosas migraciones, innovaciones
y también catástrofes. Algunas de estas han tenido su origen
en pequeñas fluctuaciones climáticas, con unos pocos decenios
o siglos de temperaturas levemente superiores o inferiores
a la media, o sequías prolongadas. La más conocida es la
Pequeña Era Glaciar, registrada en Europa a comienzos de
la Edad Media que provocó hambrunas, insurrecciones y el
abandono de las colonias septentrionales en Islandia y Groenlandia.
El hombre ha soportado durante milenios los caprichos climáticos,
recurriendo a su ingenio para adaptarse, incapaz de influir
en fenómenos de tal magnitud.
Eso era hasta ahora. Paradójicamente,
el éxito notable que hemos logrado como especie bien puede
habernos llevado a un callejón sin salida. El crecimiento
demográfico ha alcanzado un punto tal que haría muy difícil
una migración en gran escala en caso de que un cambio climático
de grandes proporciones la hiciera necesaria y los productos
de nuestra inteligencia (industrias, transportes, etc.)
han conducido a una situación desconocida en el pasado.
Anteriormente el clima mundial hacía cambiar a los seres
humanos; ahora parece que estos últimos están cambiando
el clima. Los resultados todavía son inciertos, pero si
las predicciones actuales se confirman, el cambio climático
que tendrá lugar en el próximo siglo será de una amplitud
sin precedentes desde los albores de la civilización humana.
El principal cambio que se ha registrado
hasta la fecha ha sido en la atmósfera terrestre. El asteroide
gigante que terminó con los dinosaurios arrojó grandes nubes
de polvo en el aire, pero nosotros estamos causando fenómenos
de dimensiones similares, aunque en forma más sutil. Hemos
provocado, y continuamos haciéndolo, un cambio en el equilibrio
de los gases que componen la atmósfera, y ello es particularmente
cierto con relación a los "gases de efecto invernadero"
principales, como el dióxido de carbono (CO2), el metano
(CH4) y el óxido nitroso (N2O). (A pesar de que el vapor
de agua es el gas termoactivo más importante, las actividades
del hombre no lo afectan directamente). Estos gases, que
se encuentran normalmente presentes en la atmósfera, representan
menos de una décima parte del 1 por ciento de la atmósfera
total, compuesta principalmente de oxígeno (21 por ciento)
y nitrógeno (78 por ciento), pero son vitales porque actúan
como una manta natural alrededor de la Tierra, sin la cual
la superficie de nuestro planeta sería cerca de 30°C más
fría que en la actualidad.
El problema estriba en que la actividad del hombre está
"espesando" la manta. Por ejemplo, cuando quemamos carbón,
petróleo y gas natural, liberamos cuantiosos volúmenes de
dióxido de carbono en el aire, al igual que cuando destruimos
los bosques, dejamos escapar a la atmósfera el carbono almacenado
en los árboles. Otras actividades esenciales, como la cría
de ganado y el cultivo de arroz, también emiten metano,
óxido nitroso y otros gases de efecto invernadero. Si las
emanaciones continúan aumentando al ritmo actual, es casi
seguro que en el siglo XXI los niveles de dióxido de carbono
en la atmósfera duplicarán los registros preindustriales
y si no se toman medidas para frenar dichas emisiones, es
muy probable que los índices se triplicarán para el año
2100.
De acuerdo con el consenso científico,
el resultado más directo podría ser un "calentamiento de
la atmósfera mundial" del orden de 1 a 3,5°C durante los
próximos 100 años. A esto se debe sumar un manifiesto incremento
de temperatura de un 0,5°C desde el período preindustrial
anterior a 1850, parte del cual sería producto de emisiones
anteriores de gases de efecto invernadero.
Es difícil pronosticar en qué medida
esta situación podría afectarnos, dado que el clima mundial
es un sistema sumamente complejo. Si se alterara un aspecto
clave como la temperatura media global, las ramificaciones
tendrían un largo alcance. Los efectos inciertos se adicionan:
por ejemplo, podría cambiar el régimen de vientos y lluvias
que ha prevalecido durante cientos y miles de años y del
cual depende la vida de millones de personas; podría subir
el nivel de los mares y amenazar islas y zonas costeras
bajas. En un mundo cada vez más poblado y sometido a mayores
tensiones, que ya tiene suficientes problemas por resolver,
esas presiones adicionales podrían conducir directamente
a nuevas hambrunas y otras catástrofes.
Al tiempo que los científicos se esfuerzan
por comprender con mayor precisión los efectos de las emisiones
de gases termoactivos, la comunidad internacional se ha
unido recientemente para hacer frente a este problema.
Respuesta de la Convención
Reconoce que el problema existe. Este es un avance
significativo. No es tarea fácil que las diferentes naciones
del mundo se pongan de acuerdo para adoptar un plan de acción
común, en particular uno que trate un problema cuyas consecuencias
son inciertas y que tendrá mayor importancia para el destino
de nuestros nietos que para nuestra generación. Aun así,
en poco más de dos años, 165 Estados negociaron y firmaron
la Convención y actualmente más de 140 países que ya la
han ratificado se hallan jurídicamente vinculados en virtud
de la misma. El tratado entró en vigor el 21 de marzo de
1994.
Establece un "objetivo final" de estabilizar "la concentración
de gases de efecto invernadero en la atmósfera a niveles
que impidan interferencias antropogénicas (de origen humano)
peligrosas en el sistema climático". El objetivo no
especifica cuáles deberían ser esos niveles de concentración;
sólo estipula que no deben ser peligrosos. Se reconoce así
que actualmente no existe una certeza científica acerca
de los índices que podrían catalogarse de peligrosos. Los
investigadores piensan que llevará otra década (y la próxima
generación de supercomputadoras) el reducir las incertidumbres
actuales o gran número de ellas) en forma apreciable. De
ahí que el objetivo de la Convención mantenga su validez
independientemente de la evolución de la ciencia.
Indica que "ese nivel debería lograrse
en un plazo suficiente para permitir que los ecosistemas
se adapten naturalmente al cambio climático, asegurar que
la producción de alimentos no, se vea amenazada y permitir
que el desarrollo económico prosiga de manera sostenible".
Ello realza la preocupación principal respecto a la producción
alimentaria -probablemente la actividad humana más dependiente
del clima- y al desarrollo económico. Sugiere asimismo (cosa
que comparte la mayoría de los climatólogos) que un cierto
cambio es inevitable y es necesario tomar medidas de adaptación
y prevención.
A su vez ello da lugar a diversas interpretaciones
a la luz de los descubrimientos científicos así como de
las concesiones recíprocas y los riesgos que la comunidad
internacional está dispuesta a aceptar.
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