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Si no se conocen
con certeza las consecuencias de un problema, ¿se
ignora el problema o se trata
de encontrarle alguna solución?
El cambio climático es una amenaza para
la humanidad, pero nadie puede determinar con seguridad
sus futuros efectos o la magnitud de éstos. La reacción
ante esa amenaza seguramente será costosa, compleja y difícil.
Hay incluso desacuerdo sobre si realmente existe un problema:
mientras numerosas personas temen la extrema gravedad de
los efectos, otras argumentan que los científicos no pueden
dar pruebas irrefutables de que sus previsiones se harán
realidad. Además, no está claro quienes son los que sufrirán
más en las diversas regiones del mundo. Sin embargo, si
la comunidad internacional espera a que aparezcan las consecuencias
y las primeras víctimas, probablemente será muy tarde para
actuar. ¿Qué se debe hacer?
La verdad es
que en casi todos los círculos científicos la cuestión ya
no es si el cambio climático es un problema potencialmente
grave, sino en qué forma se manifestará, cuáles serán sus
repercusiones y cuál será la mejor forma de detectarlas.
Los modelos de computadora de algo tan complicado como el
sistema climático de nuestro planeta no son aún lo suficientemente
avanzados para brindar respuestas claras y concluyentes.
No obstante, si bien el cuándo, dónde y cómo no está definido,
el panorama que se desprende de estos modelos climáticos
nos lanza señales de alarma.
Por ejemplo:
Los regímenes
de precipitaciones regionales podrían variar. Se prevé
que el ciclo de evapotranspiración se acelerará a nivel
mundial y ello implica que lloverá más, pero que las lluvias
también se evaporarán más rápidamente, volviendo los suelos
más secos durante los períodos críticos de la temporada
de cultivo. Nuevas sequías, o más intensas, en particular
en los países más pobres, podrían disminuir el abastecimiento
de agua potable hasta el punto que ello podría convertirse
en una amenaza grave para la salud pública. Dado que los
científicos todavía no tienen entera confianza en los pronósticos
regionales, no se aventuran a definir con precisión las
zonas del mundo expuestas a volverse más húmedas o más secas,
pero, habida cuenta de que los recursos hídricos mundiales
ya se hallan bajo una gran presión en virtud del rápido
crecimiento demográfico y la expansión de las actividades
económicas, el peligro de que ello ocurra es bien real.
Las zonas
climáticas y agrícolas podrían desplazarse hacia los polos.
Se prevé que en las regiones de latitud media el desplazamiento
será de entre 200 y 300 km. por cada grado Celsius de calentamiento.
Veranos más secos disminuirían el rendimiento de los cultivos
en un lo a 30 por ciento, y es posible que las principales
zonas cerealeras actuales (como las Grandes Llanuras de
los Estados Unidos) experimenten sequías y golpes de calor
más frecuentes. Los bordes septentrionales de las zonas
agrícolas de latitud media (el norte del Canadá, Escandinavia,
Rusia y el Japón en el hemisferio norte, y el sur de Chile
y la Argentina en el hemisferio austral), se beneficiarían
de temperaturas más elevadas. Sin embargo, en algunas regiones
la escabroso de los terrenos y la pobreza de los suelos
impedirían a esos países compensar la merma de rendimiento
de las zonas hoy más productivas.
El derretimiento
de los glaciares y la dilatación térmica de los océanos
podrían aumentar el nivel del mar, amenazando las zonas
costeras bajas e islas pequeñas. El nivel medio global
del mar ya ha subido cerca de 15 cm en el último siglo y
se prevé que el calentamiento de la Tierra ocasionará un
aumento adicional de alrededor de 18 cm para el año 2030.
De mantenerse la actual tendencia de las emisiones de gases
termoactivos, ese aumento podría llegar a los 65 cm por
encima de los niveles actuales antes del año 2100. Las tierras
más vulnerables serían las regiones costeras desprotegidas
y densamente pobladas de algunos de los países más pobres
del mundo. Entre las víctimas probables se contaría Bangladesh,
cuyas costas ya son propensas a inundaciones devastadoras,
al igual que muchos pequeños estados insulares, como las
Maldivas.
Estas hipótesis
son lo suficientemente alarmantes para causar preocupación,
pero demasiado inciertas para permitir a los gobiernos tomar
medidas de acción concretas. El panorama es confuso: es
comprensible que algunos gobiernos, acosados por otros problemas,
responsabilidades y deudas que atender, se vean tentados
a no hacer absolutamente nada. Quizás el peligro se aleje,
o algún otro se encargará de él; tal vez otro asteroide
gigante chocará con la Tierra, ¿quién puede saberlo?
Respuesta de
la Convención
Establece un marco y un procedimiento para acordar las
medidas especificas que será necesario adoptar más adelante.
Los diplomáticos que redactaron la Convención Marco sobre
el Cambio Climático la consideraron como el punto de partida
de otras posibles medidas futuras. Reconocieron que no era
posible que en 1992 los gobiernos convinieran en un plan
básico detallado para hacer frente al cambio climático,
al establecer un marco institucional y de principios generales
e iniciar un procedimiento que les permitiera a los gobiernos
reunirse periódicamente, pero se dio el primer paso en esa
dirección.
Una ventaja
esencial de este enfoque es que permite a los países comenzar
a debatir una cuestión antes de que estén todos de acuerdo
en que efectivamente constituye un problema. Incluso los
países escépticos consideran que su participación es útil
(o, en otras palabras, les incomodaría quedar al margen)
y ello otorga legitimidad a la causa y crea una especie
de presión recíproca entre los miembros de la comunidad
internacional para tratar seriamente el tema.
La Convención
ha sido concebida de forma que permita a los países reforzar
o atenuar sus disposiciones de acuerdo con los últimos descubrimientos
científicos. Por ejemplo, pueden convenir en adoptar medidas
más específicas (como reducir en un cierto grado las emisiones
de los gases de efecto invernadero), aprobando "enmiendas"
o "protocolos" a la Convención.
El tratado
fomenta la adopción de esas medidas, a pesar de las incertidumbres
derivadas de la reciente evolución en el derecho y la diplomacia
internacionales de lo que se ha dado en llamar el "principio
precautorio". En el derecho internacional tradicional en
general no se puede restringir o prohibir una actividad
a menos que se demuestre la existencia de un vínculo causal
entre dicha actividad y un daño particular. Por tanto, no
se puede hacer frente a muchos problemas ambientales, como
el daño sufrido por la ozonosfera y la contaminación marina,
si se exige una prueba concluyente de la relación de causa
y efecto. En consecuencia, la comunidad internacional ha
ido gradualmente aceptando el principio precautorio, según
el cual aquellas actividades que pueden causar daños graves
o irreversibles pueden restringirse o, incluso prohibirse,
antes de que exista la certeza científica absoluta de sus
repercusiones.
Adopta las
medidas preliminares que por ahora son claramente las más
razonables. Los países que ratifican la Convención -en
la jerga diplomática las "Partes en la Convención"- convienen
en tener en cuenta el cambio climático en esferas tales
como: agricultura, energía, recursos naturales y actividades
relacionadas con las zonas costeras y en promover la elaboración
de planes nacionales a los efectos de atenuar el cambio
climático. La Convención alienta a las Partes a compartir
las tecnologías y a cooperar por otros medios a fin de limitar
las emanaciones de gases termoactivos, especialmente las
procedentes de los siguientes sectores: energía, transporte,
industria, agricultura, silvicultura y gestión de desechos,
sectores que en conjunto producen la casi totalidad de las
emisiones de gases de efecto invernadero atribuibles a la
actividad humana.
Fomenta
las investigaciones científicas sobre el cambio climático.
El tratado exige que se lleve a cabo una labor de investigación,
observación y recopilación de datos sobre el clima y crea
un "órgano subsidiario de asesoramiento científico y tecnológico"
con objeto de ayudar a los gobiernos a decidir el curso
de acción futura. Cada Estado Parte debe asimismo presentar
un "inventario" de las fuentes nacionales de las emisiones
de los gases de efecto invernadero (como fábricas y transportes)
y los "sumideros" nacionales (bosques y otros ecosistemas
naturales que absorben los gases termoactivos de la atmósfera).
Dichos inventarios deberán actualizarse periódicamente y
hacerse de dominio público. La información proporcionada
sobre el volumen de las emisiones de cada gas correspondiente
a las distintas actividades será esencial para vigilar las
variaciones de las emisiones y determinar la eficacia de
las medidas adoptadas para limitarlas.
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